lunes, 15 de marzo de 2010

Story board Rumplestiltskin

























La nueva historia del viejo Rumplestiltskin

En una pequeña cabaña, interna en un hermoso bosque, vivían Charlie, un joven leñador y su esposa Esmeralda, descendiente de familia gitana. Eran una feliz pareja y se amaban profundamente.
Un día mientras Charlie trabajaba Esmeralda bajó a lavar al río como solía hacer, pero ese día había algo extraño, sentía como si la observaran. Sin saberlo, sus percepciones eran correctas ya que desde tiempo atrás, Rumplestiltskin que vivía al otro lado del río, la espiaba pues sentía una atracción muy fuerte hacia ella.
Ese día, Rumplestiltskin había tomado la decisión de tener a Esmeralda, así que planeó todo para lograr que el leñador accediera a darle a su amada esposa y dejo todo un botín de oro en medio del camino que debía recorrer Charlie hacia el bosque. Al ver tanto oro junto, Charlie se sorprendió y atraído por el brillo, se lanzó de inmediato a cogerlo pensando que así podría resolver todas sus necesidades económicas y darle un gran regalo a su adorada esposa. Un instante antes de tocar el oro, Rumplestiltskin le agarró su mano y lo desvió de su botín. Lo miró a los ojos y le contó sus intensiones a Charlie. Éste, a pesar de amar a Esmeralda, se dejó llevar por la ambición y accedió a un intercambio. Esa tarde, cuando llegó a su cabaña, le dijo toda la verdad a su esposa y le propuso que mataran a Rumplestiltskin y se quedaran con el dinero. Esmeralda no estuvo de acuerdo y por primera vez en su vida, sintió que no conocía a su esposo, pero su amor era más grande y accedió a los planes de su esposo.
Charlie le advirtió que tendrían que actuar todo el tiempo, por lo que ella tuvo que hacer como si no quisiera ir y fuera su esposo quien la obligaba. Rumplestiltskin esperaba ansiosamente en el punto donde habían acordado la entrega. La pareja llegó y Esmeralda fue entregada a Rumplestiltskin de manos de su esposo. Cuando Esmeralda vio a Rumplestiltskin fue un flechazo a primera vista, y mientras su esposo le pasaba un palo para matar al duende como habían quedado, ella aprovechó y le contó todo a su nueva pareja. Y así fue que en el último instante, Esmeralda golpeó fuertemente a Charlie en la cabeza, dejándolo muerto en medio del bosque y ella, Rumplestiltskin y el oro vivieron felices para siempre.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Dos poemas que me encantan

No se mucho de poesía, es más, no se nada; pero, los dos poemas siguientes me encantan, los recuerdo siempre.

Poema Relato De Sergio Stepansky de Leon de Greiff

¡Juego mi vida!
¡Bien poco valía!
¡La llevo perdida
sin remedio!

Erik Fjordsson.


Juego mi vida, cambio mi vida,
de todos modos
la llevo perdida…

Y la juego o la cambio por el más infantil espejismo,
la dono en usufructo, o la regalo…

La juego contra uno o contra todos,
la juego contra el cero o contra el infinito,
la juego en una alcoba, en el ágora, en un garito,
en una encrucijada, en una barricada, en un motín;
la juego definitivamente, desde el principio hasta el fin,
a todo lo ancho y a todo lo hondo
en la periferia, en el medio,
y en el sub-fondo…

Juego mi vida, cambio mi vida,
la llevo perdida
sin remedio.
Y la juego, o la cambio por el más infantil espejismo,
la dono en usufructo, o la regalo…:
o la trueco por una sonrisa y cuatro besos:
todo, todo me da lo mismo:
lo eximio y lo rüin, lo trivial, lo perfecto, lo malo…

Todo, todo me da lo mismo:
todo me cabe en el diminuto, hórrido abismo
donde se anudan serpentinos mis sesos.

Cambio mi vida por lámparas viejas
o por los dados con los que se jugó la túnica inconsútil:
?por lo más anodino, por lo más obvio, por lo más fútil:
por los colgajos que se guinda en las orejas
la simiesca mulata,
la terracota nubia;
la pálida morena, la amarilla oriental, o la hiperbórea rubia:
cambio mi vida por una anilla de hojalata
o por la espada de Sigmundo,
o por el mundo
que tenía en los dedos Carlomagno: para echar a rodar la bola…

Cambio mi vida por la cándida aureola
del idiota o del santo;
la cambio por el collar
que le pintaron al gordo Capeto;
o por la ducha rígida que llovió en la nuca
a Carlos de Inglaterra;
la cambio por un romance, la cambio por un soneto;
por once gatos de Angora,
por una copla, por una saeta,
por un cantar;
por una baraja incompleta;
por una faca, por una pipa, por una sambuca…

o por esa muñeca que llora
como cualquier poeta.

Cambio mi vida al fiado por una fábrica de crepúsculos
(con arreboles);
por un gorila de Borneo;
por dos panteras de Sumatra;
por las perlas que se bebió la cetrina Cleopatra
o por su naricilla que está en algún Museo;
cambio mi vida por lámparas viejas,
o por la escala de Jacob, o por su plato de lentejas…

¡o por dos huequecillos minúsculos
en las sienes por donde se me fugue, en grises podres,
la hartura, todo el fastidio, todo el horror que almaceno en mis odres…!

Juego mi vida, cambio mi vida.
De todos modos
la llevo perdida…


Poema Viceversa de Mario Benedetti


Tengo miedo de verte
necesidad de verte
esperanza de verte
desazones de verte

tengo ganas de hallarte
preocupación de hallarte
certidumbre de hallarte
pobres dudas de hallarte

tengo urgencia de oírte
alegría de oírte
buena suerte de oírte
y temores de oírte

o sea
resumiendo
estoy jodido
y radiante
quizá más lo primero
que lo segundo
y también
viceversa.

lunes, 2 de noviembre de 2009

en la intimidad







Y después me quejo de que no duermo nada...pero, si dormir me priva de semejante espectáculo, ¿cómo resistirme y simplemente cerrar los ojos?
Así se ven mis alrededores desde la camá un día cualquiera a la 1:30 am, cuando las dos únicas luces son una lámpara en la calle y mi IPOD al cambiar de canción.

jueves, 29 de octubre de 2009

Ella coleccionaba CDS. Pilas y pilas de música que en la mayoría no conocía. Los tenía organizados por artista, por género, por fecha de lanzamiento e incluso por color de la cubierta. Era sin duda alguna, el desorden más bien organizado al que alguien podría aspirar.
Uno de sus amantes, asiduo visitante de su habitación, la llamó neurótica pues, en una ocasión, tuvo un ataque de histeria cuado él puso a Fito Páez al lado de Michael Jackson. -“¿Qué te pasa? ¡Lo que haces es como mezclar cerveza con limón!”- gritó Ella mientras corría a su estantería y le devolvía a Fito su puesto junto a Chopin. –“Carátulas verdes aquí. Sobre todo si son genios. Te lo he dicho mil veces; si no puedes recordarlo, escucha a Maroon 5 o a Norah Jones que son comodines” y se volvió a sentar junto a él como si nada, olvidando inmediatamente que 20 segundos antes había estado al borde de las lágrimas y con ganas de sacar a patadas de su vida, a todos los que no entendieran sus métodos.
Todos sus fines de semana los gastaba en una disco-tienda eligiendo sus nuevos favoritos, o en su casa rumiando lo que ya tenía. Viernes, Sábados y Domingos eran días en los que cada ocho horas sonaba el timbre y el tipo del domicilio entraba con pizza o comida china. Nunca pollo, nunca una hamburguesa. A veces, él se quedaba un rato.
No se paraba del sofá, excepto para cambiar el CD o para llamar a algún conocido, cuando la música se hacía insoportable en su cabeza, cosa que pasaba muy poco.
Además del fin de semana, tenía sus días organizados por géneros, así los Lunes sólo escuchaba jazz, los Miércoles eran días de Reggae y un Viernes cada quince días se lo daba al Rock, mientras él otro estaba reservado al House.
Dormía además escuchando música clásica, pues según Ella, el descanso profundo, que la música espantaba, afectaba sus cavilaciones diurnas y por ende, lo evitaba a toda costa.
Durante el día, se desempeñaba como profesora de Español en un colegio para señoritas muy prestigioso de la ciudad. La rectora, su jefa, le prohibía todo tipo de música en sus clases, alegando la indecencia que significaba ver a las niñas bailando y cantando, a pulmón henchido, por los corredores y pasillos del establecimiento.
Quién sabe si por salud mental, o por pura rebeldía, cada uno de los textos que ponía a leer o a analizar en su clase, eran canciones o biografías de grupos. Una vez cada tres semanas, cuando la rectora iba a hacerse su chequeo médico de rutina, ella aprovechaba y llevaba toneladas de música para repartir entre las niñas. Les regalaba los CDS, les insistía que escucharan lo que ella les pasaba y las invitaba a cultivar el amor por ese arte que la había mantenido cuerda por tanto tiempo.
Pasó así, con esa rutina musical inquebrantable, meses rápidos y años lentos. Cada vez se sentía más sola en su amor por las notas; cada vez menos gente la entendía y más gente la tachaba de loca. Llegó a ser llamada neurótica, no por uno, sino por todos y cada uno de los personajes que la acompañaban en la intimidad; los mismos que, poco a poco fueron desapareciendo.
En uno de esos Domingos de pizza y Bossa Nova, el chico de ojos verdes que siempre repartía las de pepperoni timbró, entró con la caja y dos coca-colas, sonrió al reconocer una canción de Beth Carvalho, rechazó la generosa propina, cerró la puerta con llave y, uno a uno, cambió de puesto todos los CDS de la estantería.

lunes, 19 de octubre de 2009