jueves, 29 de octubre de 2009

Ella coleccionaba CDS. Pilas y pilas de música que en la mayoría no conocía. Los tenía organizados por artista, por género, por fecha de lanzamiento e incluso por color de la cubierta. Era sin duda alguna, el desorden más bien organizado al que alguien podría aspirar.
Uno de sus amantes, asiduo visitante de su habitación, la llamó neurótica pues, en una ocasión, tuvo un ataque de histeria cuado él puso a Fito Páez al lado de Michael Jackson. -“¿Qué te pasa? ¡Lo que haces es como mezclar cerveza con limón!”- gritó Ella mientras corría a su estantería y le devolvía a Fito su puesto junto a Chopin. –“Carátulas verdes aquí. Sobre todo si son genios. Te lo he dicho mil veces; si no puedes recordarlo, escucha a Maroon 5 o a Norah Jones que son comodines” y se volvió a sentar junto a él como si nada, olvidando inmediatamente que 20 segundos antes había estado al borde de las lágrimas y con ganas de sacar a patadas de su vida, a todos los que no entendieran sus métodos.
Todos sus fines de semana los gastaba en una disco-tienda eligiendo sus nuevos favoritos, o en su casa rumiando lo que ya tenía. Viernes, Sábados y Domingos eran días en los que cada ocho horas sonaba el timbre y el tipo del domicilio entraba con pizza o comida china. Nunca pollo, nunca una hamburguesa. A veces, él se quedaba un rato.
No se paraba del sofá, excepto para cambiar el CD o para llamar a algún conocido, cuando la música se hacía insoportable en su cabeza, cosa que pasaba muy poco.
Además del fin de semana, tenía sus días organizados por géneros, así los Lunes sólo escuchaba jazz, los Miércoles eran días de Reggae y un Viernes cada quince días se lo daba al Rock, mientras él otro estaba reservado al House.
Dormía además escuchando música clásica, pues según Ella, el descanso profundo, que la música espantaba, afectaba sus cavilaciones diurnas y por ende, lo evitaba a toda costa.
Durante el día, se desempeñaba como profesora de Español en un colegio para señoritas muy prestigioso de la ciudad. La rectora, su jefa, le prohibía todo tipo de música en sus clases, alegando la indecencia que significaba ver a las niñas bailando y cantando, a pulmón henchido, por los corredores y pasillos del establecimiento.
Quién sabe si por salud mental, o por pura rebeldía, cada uno de los textos que ponía a leer o a analizar en su clase, eran canciones o biografías de grupos. Una vez cada tres semanas, cuando la rectora iba a hacerse su chequeo médico de rutina, ella aprovechaba y llevaba toneladas de música para repartir entre las niñas. Les regalaba los CDS, les insistía que escucharan lo que ella les pasaba y las invitaba a cultivar el amor por ese arte que la había mantenido cuerda por tanto tiempo.
Pasó así, con esa rutina musical inquebrantable, meses rápidos y años lentos. Cada vez se sentía más sola en su amor por las notas; cada vez menos gente la entendía y más gente la tachaba de loca. Llegó a ser llamada neurótica, no por uno, sino por todos y cada uno de los personajes que la acompañaban en la intimidad; los mismos que, poco a poco fueron desapareciendo.
En uno de esos Domingos de pizza y Bossa Nova, el chico de ojos verdes que siempre repartía las de pepperoni timbró, entró con la caja y dos coca-colas, sonrió al reconocer una canción de Beth Carvalho, rechazó la generosa propina, cerró la puerta con llave y, uno a uno, cambió de puesto todos los CDS de la estantería.

1 comentario:

Luis Sebastian Echavarría dijo...

Que historia tan interesante, como todo sucede a partir de algo tan normal como la música y aun mas, no puedo decir después de leer, si es una obsesión o es algo tan cotidiano que ya es parte de ese personaje y ese final perfecto. Yo que buscaba algo para leer me encarreto mucho; gracias y ojala que sigas escribiendo.